Texto por: Karla Robles
Fotos por: Daniel Zaíd
*Este es un texto que publiqué para la revista Cyclista Zine vol 1, fueron algunas reflexiones que tuve durante mi primer viaje en bici en modo bikepacking por la Baja Divide en Baja California en 2019. Muchas cosas he aprendido, he cambiado y seguramente no soy la misma que escribió esto, pero ha estado colgado en un blog que hice por aquellos tiempos y he decidido que esas reflexiones y pensamientos cobren vida y se anclen en esta plataforma.

Cuando leí la convocatoria para el primer número de la Cyclista Zine “Nuestros espacios”, de principio pensé en los espacios públicos para las mujeres ciclistas y en diversos temas que como mujer Mexicana y feminista he traído en mente y me parece importante visibilizar.
Pero pensé que quizá antes debía escribir sobre mi experiencia en el reclamo del espacio propio, de la conquista de una misma, de la toma de decisiones y la influencia que el uso de la bicicleta a tenido sobre mi cuerpo y mi mente.
Para mí, viajar en bicicleta ha implicado una constante lucha contra los prejuicios de mi deber ser femenino, contra lo que la sociedad impone sobre nosotras. Hace aproximadamente un año decidí cambiar mi vida por una bicicleta, cambié un trabajo de nueve años que no era del todo estable pero en el cual me estaba encaminando hacia una vida académica y formal, lo dejé en pausa para conocer una pequeña parte del mundo y principalmente una parte importante de mí, decidí salir de mi zona de confort para enfrentarme a mis propios miedos, debilidades y fortalezas.

Cuando le plantee esta decisión a mi familia y amigas/os cercanas/os fui cuestionada severamente, cómo yo podía abandonar mi carrera y mi trabajo para irme a viajar en bicicleta, no es lo que debía hacer, pero lo hice y al hacerlo he sentido la libertad de salir del sistema patriarcal capitalista, ahora soy la desviada, la prófuga, la vaga, la salvaje y la humana.
Me ha costado entender y procesar toda esta libertad, a veces me pregunto si debería volver, pero ya no me imagino en el mismo lugar después de verme convertida en lo que ahora soy y lo que ahora conozco de mi.
No habría podido saber que después de una vida de insuficiencia pulmonar hoy puedo respirar profundamente el aire fresco y puro de las montañas y subir a ellas por mi misma, no habría podido saber que me lleno de vida en cada esfuerzo diario, que agradezco a mi cuerpo en cada movimiento, que puedo más de lo que creía. Tal vez, tampoco habría podido respetar mis procesos mejor de lo que ahora lo hago cuando pongo toda mi energía en pedalear todo el día sin poder alcanzar más de 50 kilómetros por terrenos arenosos, no habría podido aceptar que no soy una atleta y tampoco habría podido conocer mi persistencia y fortaleza que me lleva a donde yo quiera ir.
Soy aún una novata en esto del bici-viaje pero he aprendido a conocer mi cuerpo y mi mente más profundamente, a comunicarme corporal y emocionalmente conmigo misma y ha reencontrarme y vencer mis monstruos internos. También he aprendido a seguir rutas, a desprenderme de equipaje y de mantener vínculos a la distancia, he aprendido a juntar leña y encender un fuego para calentarme en las noches estrelladas, he aprendido a mantenerme segura y dormir tranquila en un saco que abraza mi cuerpo y una casa siempre en movimiento.
Cuando estuve haciendo la ruta de la Baja Divide en Baja California, México lloré tres veces, el primer llanto fue el primer día a dos kilómetros de haber iniciado mi viaje, lloré durante media hora cuestionando mi estancia en ese lugar, los esfuerzos que había hecho para permitirme estar ahí y los motivos por los que intentaba sin lograrlo subir grandes piedras cargando mi peso, el de mi bicicleta y mi equipaje:, la segunda vez lloré un poco menos mientras me detuve en un día lluvioso con fuerte dolor de cólicos menstruales que ni ellos ni la lluvia, ni las subidas, ni el viento, ni el terreno permitían que yo avanzara, finalmente llegué al próximo punto civilizado y me tomé un par de días para descansar antes de continuar con la ruta.

La tercera y última vez que esa agua salada salió de mis ojos fue para recordarme que había encontrado lo que salí a buscar al inicio de mi viaje, una confirmación de que había tomado la decisión correcta, que finalmente empezaba a sentir la conquista de mí misma, de saberme y pensarme fuerte, que yo podía continuar por lugares remotos y por terrenos difíciles (rutas de tierra) junto a esas montañas que se vuelven más cercanas en cada pedaleo, esa montaña que soy yo misma.


Este es el link a la página oficial de la Zine donde participé con otras mujeres, mujeres trans y personas no binarias negras, de color e indígenas.
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